**Diario de un padre**
¡No hay favoritismos familiares aquí! exclamó Lola con una sonrisa forzada.
¿En serio la estás humillando a propósito? ¿Por qué la tratas así? replicó Inés, cruzando los brazos.
Si no interrumpe mis clases, no tendría problemas. Pongo notas justas. Tu pequeña Martita se comporta como si fuera la reina del salón.
Lola, impecable con su chaqueta planchada y el pelo recogido, mantenía esa sonrisa educada tras la cual se escondía veneno. En la pared colgaban los mejores trabajos de los alumnos. Curiosamente, ninguno era de Martita, pese a que la niña ganaba concursos de dibujo por toda Sevilla.
¡No digas tonterías! Conozco a mi hija. Para ella, Plástica es sagrado. Nunca se portaría mal. Y aunque lo hiciera, ¡tú debes evaluar su trabajo, no su comportamiento! La suspendes porque
Porque habla en vez de dibujar la interrumpió Lola con calma. Mira, Inés, que su abuela cuelgue sus dibujos en la nevera no significa que merezca sobresalientes por defecto. Aquí no hay regalos por ser familia.
Inés entrecerró los ojos, lanzándole una mirada que podía cortar el aire. Detrás de la puerta entreabierta, asomó la chaqueta rosa de Martita. La niña esperaba a su madre y, al parecer, había escuchado todo.
Sonaba injusto, pero Inés empezaba a entender el trasfondo.
Ambas eran nueras de Carmen, una mujer dulce pero demasiado blanda. Aunque quería a las dos, prefería a Inés. Quizás porque esta no soltaba indirectas con sonrisas falsas.
En Navidad, Lola recibió un kit de champú y gel de ducha. A Inés, un libro y un marcapáginas de metal. Regalos modestos, pero en el segundo se notaba más cariño.
Perdona, Lolita No sabía qué regalarte se excusó Carmen.
La diferencia no estaba solo en los regalos. Carmen elogiaba a ambas, pero a Inés y a Martita un poco más.
¡Qué maravilla! ¡Tenemos una artista en la familia! exclamaba la abuela cada vez que Martita le mostraba un dibujo nuevo, colgándolo en la nevera.
Lola empezó a llevar también los trabajos de su hijo: una postal, un retrato de la abuela Notabas que el niño lo hacía por obligación. Nunca los entregaba en persona ni mostraba interés cuando lo alababan.
¡Otro artista! fingía alegría Carmen. Aunque ¿por qué tengo el pelo verde?
No tenía un lápiz amarillo se encogió de hombros el niño.
Carmen atendía a ambos nietos, pero los dibujos de Martita le robaban más halagos. Y con razón: bodegones, paisajes, animales No era Velázquez, pero dibujaba mejor que muchos adultos.
La guerra subió de nivel cuando Lola inscribió a su hijo en la misma escuela de arte que Martita. Al niño le parecía un suplicio.
¡No quiero! ¡Es aburrido! protestó en una cena familiar.
No vas a divertirte, vas a aprender respondió Lola con tono dulce pero firme.
Empezó a enseñar hasta los garabatos del niño, insistiendo en que «había progreso». Pero la abuela no mostraba el mismo entusiasmo que con Martita. Tal vez por eso Lola dio un paso más.
Mamá, ¡la señorita Lola es nuestra nueva profe de Plástica! anunció Martita un día.
Inés sintió un nudo en el estómago, pero sonrió a su hija sin decir nada.
Las primeras semanas fueron tranquilas. Luego vinieron los suspensos, los reproches en la agenda. Si la abuela elogiaba a Martita en una reunión, al día siguiente la niña volvía con otro «cisne negro».
Inés decidió plantar cara. Pero la conversación no salió bien.
¿En serio? ¿Todo esto por los halagos de la abuela? Lola, ella vive por esto, lo sabes. Y tú ¿le guardas rencor a una niña?
Lola solo soltó una risita burlona.
Si quiere buenas notas, que se esfuerce más.
Al salir, Martita seguía en el pasillo, retorciéndose las manos. No dijo nada. Solo siguió a su madre.
No te preocupes, cariño. Mamá lo solucionará susurró Inés.
Nunca le gustaron los conflictos, pero callar ahora sería traicionar a su hija.
Hab







