¿Veinte mil? ¿Por un jersey? Elena, ¿no podías habérmelo dicho antes?
¿Y tú qué pensabas? Es artesanía, exclusivo. ¡Millones de puntadas! Me pasé casi tres semanas haciéndolo. Le puse toda el alma Elena cruzó los brazos, tensa.
¡Por ese dinero te compras cinco jerseys y hasta te sobra para un gorro y unos guantes! Tania abrió los ojos como platos, retrocediendo del paquete de papel kraft como si contuviera una bomba.
¿Según tú, debería vender mi tiempo por cuatro perras? Elena ardió de indignación.
La rabia y la confusión envolvieron a Tania. Fue ella quien inició todo este asunto del jersey. La primera que pidió el favor. Pero, ¿quién iba a imaginar que acabaría así?
…Todo empezó en el instituto. Ambas venían de familias sin grandes apuros, ni estrellas en el firmamento ni dramas trágicos en sus vidas. Lo normal.
Pero luego sus caminos se separaron. Tania conoció a un hombre adinerado, diez años mayor. Sus padres dirigían una pequeña constructora y poco a poco le pasaban el relevo. Él tenía un buen capital inicial y lo multiplicaba con éxito.
Desde fuera, parecía que Tania había ganado la lotería y nadaba en dinero, pero no era así. Sí, su marido ganaba mucho. Pero gastaba igual. Su trabajo exigía entrega total: cancelaba planes, hablaba con empleados en tono brusco. Necesitaba desahogarse.
Lo hacía con comida y hobbies. Pedía sushi, pizza, platos de restaurante. A veces aceptaba un puré con croquetas, pero rara vez.
Primero comían por separado. Luego Tania intentó cocinar como él. Pronto lo dejó: le llevaba tres o cuatro horas. Y tenía que hacerlo cada día.
No le des más vueltas le decía su madre. Gasta su dinero. Está acostumbrado, no te entrometas.
Tania dejó de entrometerse.
El dinero no solo iba a comida. Su marido tenía hobbies. Le encantaban los juegos de mesa. Un set costaba fácil mil euros, y necesitaba cinco o siete: cada juego tenía expansiones. Los fines de semana invitaba a amigos. Las partidas duraban horas. Claro, luego había que alimentarlos, y él pagaba.
Y lo que costaba mantener la casa…
Vivían bien, pero de bañarse en oro, nada.
La vida de Elena fue distinta. Se casó con un estudiante pobre que le escribía poemas y hacía rosas de papel de aluminio. Con los años, Miguel siguió igual. Trabajaba en atención al cliente o en una ferretería, y le daba igual.
Si llega, bien. Si no, recortamos se encogía de hombros. Millones viven así. Nosotros también.
“Vivían” así hasta que nació su segundo hijo. Las ayudas eran miserables, Elena estaba atrapada en la crianza y Miguel no encontraba nada mejor.
No puedo más… Pronto volveremos a los pañales de tela. Y eso no es nada. ¿Cómo alimentaré al pequeño? Toma leche de fórmula se lamentaba.
Elena, no cuentes mucho con Miguel le dijo Tania sin rodeos. ¿Por qué no ganas dinero desde casa? Una amiga hace galletas personalizadas. Otra teje juguetes. Tú también sabes, ¿no?
“Saber” era poco. La familia de Elena ahorraba en ropa porque ella creaba maravillas: desde calcetines hasta vestidos, cardados y bolsos.
Elena se entusiasmó. Fotografió sus obras y publicó anuncios. Pero no funcionó.
A nadie le interesa hoy. Prefieren ropa barata que pagar por algo único susurró un mes después. Cero pedidos.
A Tania se le encogió el corazón. Quiso ayudar, motivarla. Darle dinero era humillante, como limosna. Así que decidió hacer un pedido.
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