Ahora te toca a ti.
¿Es que no tienes conciencia? ¡Acabo de acostar al niño y tú aquí haciendo el indio!
Lo siento. Pero es de día. Tu hijo es tu problema respondió Lucía con calma, plantada en el umbral de su piso. ¿Algo más?
Secó el sudor de su frente con indiferencia. Minutos antes, estaba en la cinta de correr cuando Ana la interrumpió de golpe. Dentro de una hora, Lucía tenía una reunión con sus compañeros y su jefe.
El silencio, desde luego, no entraba en sus planes.
¡Nos estás martilleando la cabeza! ¡Es imposible estar en nuestro dormitorio! ¿Es legal montar un gimnasio en casa?
Tan legal como poner una discoteca a mediodía. Ana, repito, no es de noche. Es de día. La gente vive, respira, trabaja. ¿Qué quieres de mí? ¿Que vaya de puntillas por mi propia casa? Eso no va a pasar Lucía cruzó los brazos.
¿Te estás riendo de mí? ¡Tú misma me pediste que no hiciera ruido antes!
Lo pedí. ¿Y recuerdas lo que me contestaste? esbozó una sonrisa fría. Ahora pónte en mi lugar. Te toca a ti no dormir.
Ana entrecerró los ojos como si intentara memorizar el rostro de su peor enemiga. Luego resopló, giró sobre sus talones y se encaminó hacia las escaleras. La comisura de los labios de Lucía tembló levemente.
No era venganza. Solo vivía a su ritmo. Pero resultaba gratificante: la vida castigaba sola a ciertas personas.
…Ana llevaba cinco años siendo su vecina. Cuando Lucía se mudó al edificio, Ana era una estudiante universitaria que adoraba las fiestas. Sus padres la mantenían, así que solo le quedaba saborear los últimos sorbos de adolescencia, y lo hacía a conciencia.
Ana recibía visitas, ponía música a todo volumen, canturreaba desafinada y reía tan fuerte que retumbaba en el piso de arriba. También aprendía a tocar la guitarra. Sin talento, pero con gran efecto en los nervios ajenos.
Lucía, en cambio, era su antítesis. Aunque solo tenía veintitrés años, su vida ya había torcido el rumbo. Se sentía como una anciana decrépita.
Su madre la abandonó de pequeña. Su padre la crió. Hasta que una enfermedad lo derribó. Su tía lo cuidaba cuando podía, pero no podía dejarlo todo por él.
Así que Lucía lo hizo. Cambió a estudios nocturnos, trabajó en dos empleos: por las mañanas, limpiaba habitaciones en un hotel; por las noches, atendía en una tienda.
Su único descanso era al mediodía. Y ese descanso era sagrado. Cinco o seis horas de sueño, sin ellas, se derrumbaría.
Justo entonces, Ana enchufaba películas y pop a todo volumen. Las paredes eran de papel; Lucía tenía butaca de primera fila. Sin pagar entrada.
Dormir entre disparos y voces desafinadas era imposible, más en un estudio. Probó en la cocina, luego en el baño. Nada funcionó.
Aguantó, aguantó… hasta que bajó a llamar a su puerta. Ana abrió con el ceño fruncido.
¿Qué quieres? preguntó con un tono que hizo a Lucía desistir al instante.
Ya entonces supo: no habría acuerdo. Pero aún creía en la decencia humana.
Hola. Perdona por molestarte… ¿Podrías bajar un poco la música? Vengo del turno de noche, necesito dormir un rato…
Ana torció el gesto como si le hubieran ofrecido un limón.
Eso es tu problema. Estoy en mi casa y es de día. Si no te gusta, múdate.
El corazón de Lucía ardió. Humillada, impotente. Pero no tenía réplica: Ana tenía razón. Se fue con las manos vacías.
Ese día no durmió. Lloró en silencio bajo las risas ajenas. Y no fue el único…
Más tarde, sus compañeras le explicaron que podía denunciarlo.
Hay normas de ruido hasta de día dijo una. Podrías llamar a la policía.
¿Y luego qué? replicó otra. Ya sabes cómo funciona esto. La chica se saldrá con la suya. Es difícil probarlo, y a los policías les da pereza mover ficha.
¿Entonces qué? ¿Aguantar? ¡Con gente así solo se arregla así! ¡Por eso este país va como va!
Lucía suspiró. Sabía que era cierto. Las posibilidades de lograr silencio eran mínimas. Y no tenía fuerzas para intentarlo.
Se armó de café y valeriana. A veces dormía en el autobús. Otras, olvidaba su nombre. Las migrañas se volvieron crónicas. Cada día le costaba más moverse. Dejó de maquillarse, su piso se convirtió en un caos. No tenía energía para ordenar su vida.
Por las noches, las pesadillas la despertaban. Soñaba que la despedían, que su padre sufría por su culpa. Una vez, casi ocurrió: se quedó dormida, llegó tarde y la multaron. Ese día lloró en la parada del bus.
«Todo pasará», pensaba, abrazándose, pero ya no lo creía…
Y todo pasó.
Cuando su padre murió, el dolor fue un cuchillo en el pecho. Pero con él llegó la libertad. El peso se esfumó.
Terminó sus estudios, encontró un trabajo decente, luego un ascenso. Ahora trabajaba desde casa, con horario fijo, sin miedo a no llegar a fin de mes. Y, sobre todo, durmiendo ocho horas.
Ana, mientras, se casó y tuvo un hijo. Su piso seguía siendo ruidoso, pero ahora eran llantos. El bebé gritaba día y noche; por las tardes, Ana y su marido se peleaban a gritos.
¡¿Es mucho pedir que cambies un pañal?! ¡También es tu hijo!
¡¿Y tú qué has hecho hoy?! ¿¡Coser y cantar?!
Lucía se ponía auriculares. No le gustaba escuchar peleas.
Ahora su vida era tranquila. Horario flexible, compañeros agradables, gimnasio en casa. Los fines de semana veían películas juntos. No era obligatorio, pero a ella le gustaba unirse.
Claro, hacían ruido. Con paredes tan finas, todo se escuchaba. A veces Ana golpeaba los radiadores; otras, protestaba a gritos.
Estoy harta refunfuñaba. Como si tuviera un polideportivo encima…
Un par de veces se cruzaron en el ascensor. Ana ya no era aquella estudiante despreocupada. Ojos hundidos, pelo grasiento… La vecina apartaba la mirada, resoplando. Nunca la saludó. Menos ahora.
Podrías reírte más bajo bufó una vez.
Ana, vivimos en un edificio, no en el monte. No incumplo ninguna ley. ¿Cuál es el problema?
Ninguno… masculló.
Era evidente: Ana ya no tenía tiempo para sí misma. Como Lucía en su día.
Tras el altercado, Lucía terminó su entrenamiento, se duchó y se sentó con el portátil. Bebía té caliente de arándanos, despacio, saboreándolo. Mientras, abajo, el bebé lloraba sin parar.
No pudo evitar sonreír. No era crueldad. Solo alivio. Alivio por no estar en el lugar de Ana. Por no correr más, por no mendigar minutos de sueño. Y, solo un poco, porque ahora Ana sí la entendía.




